Contra Finimondo

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Por Agustin Guillamón

Respuesta a la crítica idealista y sectaria del libro “Contro l’anarchismo di Stato” di Agustín Guillamón (con testi di Helmut Rüdigher e Michel Olivier) All’Insegna del Gatto Rosso, Milano, 2017

No suelo responder a críticas tan banales como las de la web Finimondo, pero en esta ocasión me ha parecido una buena excusa para exponer mi método de análisis histórico y algunas otras cuestiones interesantes.

1. ¿Oxímoron o negación de la realidad histórica?

Nuestro anónimo comentarista de la versión en italiano de Contro l’anarchismo di Stato fundamenta su crítica en lo que considera un oxímoron: “anarquismo de Estado”. Llega a decir que no existieron nunca ministros anarquistas, porque si un anarquista se convierte en ministro, deja de ser anarquista. Ahí, nuestro crítico, lo comprenda o no lo comprenda, está negando la realidad histórica desde un idealismo sectario, porque realmente hubo anarquistas que ejercieron de ministros en el gobierno de la República (García Oliver, Federica Montseny, Juan Lòpez y Joan Peiró) y también en el gobierno de la Generalidad (García Birlán, Josep Joan Demènech, Joan Pau Fábregas, y desde diciembre de 1936 Abad de Santillán, Pedro Herrera, Francisco Isgleas. Y Aurelio Fernández en abril de 1937, y otros después de las Jornadas de Mayo de 1937). Y esos anarquistas, cuando aceptaron el cargo de ministro por orden de la Organización, no dejaron de militar en CNT-FAI. Fueron y ejercieron de ministros anarquistas hasta junio de 1937, cuando fueron expulsados del gobierno, aunque más tarde Segundo Blanco se convirtió en ministro anarquista del gobierno Negrín. Hubo ministros anarquistas, aunque esto le pese a nuestro anónimo crítico, y hubo una ideología de anarquismo de Estado, que dejó de ser un mero oxímoron lingüístico para convertirse en una contradicción entre acción y principios, fundamentada en una ideología de unidad antifascista influyente, evidente y tan real que condujo a muchos sinceros anarquistas al abandono de todos los principios fundamentales y característicos del anarquismo. Negar la realidad (dice nuestro censor que no existen ministros anarquistas como no existen vírgenes madres o abstemios alcoholizados) significa encerrarse en un seguro y protector sectarismo ideológico: todo lo que niega la propia ideología es negado: no existe. Si el sectarismo choca con la realidad, se niega la realidad ¡y todo arreglado! Para los católicos hubo una virgen madre (Madre de Dios] que parió a Jesús, (Hijo de Dios), y para creyentes y no creyentes en la España de 1936 hubo numerosos ministros anarquistas. El primer caso es cuestión de fe; el segundo es evidente hasta para los ciegos. El primer caso sólo lo niega gente sin fe; el segundo sólo lo niegan ácratas con fe.

2. El ser precede a la conciencia.

Dicho de otra forma, la conciencia es un atributo del ser. Sin una teorización de las experiencias históricas del proletariado no existe teoría revolucionaria, ni avance teórico. Entre la teoría y la práctica puede existir un lapsus de tiempo, más o menos largo, en el que el arma de la crítica se transforma en la crítica de las armas. Cuando un movimiento revolucionario hace su aparición en la historia rompe con todas las teorías muertas, y suena la hora anhelada de la acción revolucionaria, que por sí misma vale más que cualquier texto teórico, porque pone al descubierto sus errores e insuficiencias. Esa experiencia práctica, vivida colectivamente, hace estallar las inútiles barreras y los torpes límites, fijados durante los largos períodos contrarrevolucionarios. Las teorías revolucionarias prueban su validez en el laboratorio histórico.

Conocer, divulgar y profundizar en el conocimiento de la historia revolucionaria, negando las falacias y deformaciones esculpidas o escupidas por la “sagrada” historiografía burguesa, desvelando la auténtica historia de la lucha de clases, escrita desde el punto de vista del proletariado revolucionario, es ya, en sí mismo, un combate por la historia, por la historia revolucionaria. Combate que forma parte de las luchas de clases, como cualquier huelga salvaje, la ocupación de fábricas, una insurrección revolucionaria, “La conquista del pan” o “El Capital”. La clase obrera, para apropiarse de su pasado, ha de combatir las visiones idealistas, sectarias, socialdemócratas, neoestalinistas, nacionalistas, liberales y neofranquistas. El combate proletario por conocer su propia historia es un combate, entre otros muchos más, de la guerra de clases en curso. No es puramente teórico, ni abstracto o banal, porque forma parte de la propia conciencia de clase, y se define como teorización de las experiencias históricas del proletariado internacional, y en España debe comprender, asimilar y apropiarse, inexcusablemente, las experiencias del movimiento anarcosindicalista en los años treinta.

Las fronteras de clase profundizan un abismo entre revolucionarios y reformistas, entre anticapitalistas o defensores del capitalismo. Quienes levantan la bandera nacionalista, sentencian la desaparición del proletariado o defienden el carácter eterno del Capital y del Estado están al otro lado de la barricada, se digan anarquistas o se llamen marxistas. La alternativa se da entre los revolucionarios, que quieren suprimir todas las fronteras, arriar todas las banderas, disolver todos los ejércitos y policías, destruir todos los Estados; romper con cualquier totalitarismo o mesianismo mediante prácticas asamblearias y de auto emancipación; terminar con el trabajo asalariado, la plusvalía y la explotación del hombre en todo el mundo; atajar las amenazas de destrucción nuclear, defender los recursos naturales para las futuras generaciones…, y los conservadores del orden establecido, guardianes y voz de su amo, que defienden el capitalismo y sus lacras. Revolución o barbarie.

El proletariado es arrojado a la lucha de clases por su propia naturaleza de clase asalariada y explotada, sin necesidad que nadie le enseñe nada; lucha porque necesita sobrevivir. Cuando el proletariado se constituye en clase revolucionaria consciente, enfrentada al partido del capital, necesita asimilar las experiencias de la lucha de clases, apoyarse en las conquistas históricas, tanto teóricas como prácticas, y superar los inevitables errores, corregir críticamente los fallos cometidos, reforzar sus posiciones políticas por medio de la toma de conciencia de sus insuficiencias o lagunas y completar su programa; en fin, resolver los problemas no resueltos en su momento: aprender las lecciones que nos da la propia historia. Y ese aprendizaje sólo puede hacerse en la práctica de la lucha de clases de los distintos grupos de afinidad revolucionarios y de las diversas organizaciones del proletariado.

No existe una lucha económica y una lucha política separadas, en departamentos estancos. Toda lucha económica es, a la vez, en la sociedad capitalista actual, una lucha política, y al mismo tiempo una lucha por la identidad de clase. Tanto la crítica de la economía política, como la crítica de la historia oficial, el análisis crítico del presente o del pasado, el sabotaje, la organización de un grupo revolucionario, el ciego estallido de un motín, o una huelga salvaje, son combates de la misma guerra de clases.

La vida de un individuo es demasiado breve para penetrar profundamente en el conocimiento del pasado, o para ahondar en la teoría revolucionaria, sin una actividad colectiva e internacional que le permita hacerse con la experiencia de las generaciones pasadas, y a su vez le permita servir de puente y acicate a las generaciones futuras.

3. Ministros anarquistas: de haberlos, los hubo.

Nuestro crítico niega que sea posible la existencia de ministros anarquistas, porque un anarquista en cuanto es ministro deja de ser anarquista. Si la teoría choca con la realidad o la historia, se cambia la realidad o la historia ¡y todos contentos! ¡Pero es que la realidad y la historia contemplaron la existencia de anarquistas ministros! Y esos anarquistas asumieron y desempeñaron el cargo de ministro, y siguieron siendo anarquistas, y siguieron militando en la CNT. Y fue así le pese a quien le pese. No vale eso de refugiarse en esa trampa semántica de que un anarquista en cuanto acepta el cargo de ministro, deja de ser anarquista, porque eso atenta a la pureza de la doctrina. Eso significa negar la realidad histórica de lo que realmente sucedió. Negar la realidad y la historia es el refugio de todos los oportunistas y sectarios. Y AÚN PEOR, IMPIDE ENTENDER QUÉ OCURRIÓ en 1936-1937.

4. ¿Bordiguista o anarquista?

Cuando nuestro anónimo crítico anarquista italiano habla de marxismo revolucionario ¿está pensando en Anton Pannekoek, Gorter, Mattick, y otros destacados teóricos marxistas antileninistas, por no hablar del MIL? ¿Qué ignorante es el que desconoce la existencia de un marxismo antiestatal y antileninista, que propugna la destrucción total del Estado?

¿Por qué esa necesidad taxidermista de poner etiquetas: Marxista, bordiguista, anarquista. durrutista?

Los bordiguistas sectarios ya me han lanzado el insulto de que soy anarquista. Los anarquistas sectarios me lanzan ahora el insulto de que soy marxista, y aun peor, bordiguista. Curiosamente, en ningún caso me he sentido insultado, quizás porque denigraban lo mejor de unos y otros.

Los taxidermistas que intentan poner etiquetas (marxista, anarquista, bordiguista, durrutista) aplican un método naturalista que no conviene a las ciencias sociales e históricas. Estoy convencido que existen más diferencias entre un anarquista estatista y una anarquista revolucionario de las que pueden existir entre dos revolucionarios, ya sea uno anarquista y otro marxista.

El método de análisis de la crítica de la economía política de Marx es irrenunciable. Quien convierte a Marx en una Biblia adopta el método taxidermista de nuestro crítico. Recomiendo la lectura de Capitalismo terminal de Corsino Vela, actualización de la crítica de la economía política al mundo actual, heredero del análisis de Paul Mattick.

Nunca he sido bordiguista. Nací en una familia anarquista. Intento poner en práctica un pensamiento crítico con todas las ideologías estatistas y autoritarias, incluidos el sectarismo de los anarquistas de Estado (anarcodemócratas y anarconacionalistas) y de los marxistas de Estado (estalinistas y socialdemócratas).

Realicé una tesis de licenciatura sobre Amadeo Bordiga y aprecio sus análisis sobre el fascismo y sus artículos de la serie Sul Filo del Tempo, pero rechazo el ultraleninismo esencial de Bordiga.

Podría citarle como ejemplos a un libertario marxista como Daniel Guerin o a un marxista libertario como Maximilien Rubel, o la búsqueda teórica del MIL, pero no lo haré. ¿El antagonismo entre anarquistas y marxistas revolucionarios del siglo 19, sigue siendo vigente hoy? No se piensa y se reflexiona con un carnet en la boca: al menos yo no lo hago.

5. El Santo Papa Ácrata que expide carnets de buen anarquista

Nuestro taxidermista se convierte además en expendedor de carnets de anarquismo. Solamente él ha alcanzado el mérito, la capacidad y la autoritas suficiente, como Papa ácrata consagrado de la Santa Iglesia Anarquista para decidir quién es marxista autoritario o quién es digno de llamarse libertario. ¿Entiende nuestro crítico taxidermista el supremo autoritarismo de su posición?

Sostiene nuestro anónimo crítico que la crítica al anarquismo de Estado está bien fundamentada, pero que no puede ser realizada por “un marxista autoritario como Guillamón”. Sólo es aceptable si es efectuada por anarquistas. Se pregunta si Guillamón “ci sia o ci faccia” y espero que algún día encuentre respuesta a un dilema que Guillamón ha resuelto dialécticamente: “el ser precede a la conciencia”.

Nuestro crítico confunde lo que dice Guillamón con lo que dicen Los Amigos de Durruti. Y esto es importante, estamos tocando el fondo, porque ahí radica la diferencia abismal entre el método idealista de nuestro crítico italiano y el método materialista de Guillamón. Porque no importa lo que Guillamón piense o deje de pensar; lo importante es que Guillamón expone el pensamiento de Los Amigos de Durruti: son los anarquistas de la Agrupación de Los Amigos de Durruti quienes, después de sus experiencias en la guerra de clases en curso, dicen que «uno degli insegnamenti irrimandabili della Rivoluzione spagnola del 1936 è la perentoria necessità di distruggere lo Stato», invitando «i futuri rivoluzionari, se vogliono essere attuali ed efficaci» a «spazzar via le peggiori aberrazioni storiche in cui sono caduti il pensiero marxista e il pensiero anarchico». Son Los Amigos de Durruti (en 1937) y no Guillamón (en 2016) quien concluye que las revoluciones son totalitarias o fracasan, teniendo en cuenta que en el español de 1937 la palabra “totalitaria” significaba total, esto es, que la revolución no debía limitarse sólo al terreno económico de las colectivizaciones (como sucedió en España en 1936), sino que debía extenderse al terreno político, social, cultural, educativo, es decir, a todos los campos de la actividad humana. Y totalitaria significaba también la necesidad de reprimir la feroz contrarevolución burguesa, y esa represión era necesariamente autoritaria, porque los contrarrevolucionarios no eran ángeles inmaculados y pacíficos. Si eso es una contradicción o un oxímoron, como le gusta decir a nuestro censor, quizás debamos concluir que una revolución libertaria está destinada siempre al fracaso.

6. Taxidermistas ¿para qué?

Me parecen ridículas y desfasadas las etiquetas naturalistas de los taxidermistas. Sólo intento practicar un método de análisis materialista e histórico. Si nuestro censor taxidermista no lo entiende, ése es su problema.

Quizás nuestro taxidermista sea incapaz de rechazar a los comités superiores cenetistas, aunque pretendían aniquilar y someter a los comités revolucionarios de barrio, porque eran nominalmente anarquistas; mientras es muy capaz de rechazar a la SBLE que apoyaban e impulsaban esos comités revolucionarios de barrio, porque la SBLE era autoritaria.

7. Idem.

Mi crítico dice: “L’errore di quegli anarchici spagnoli non fu quello di NON prendere tutto il potere, fu quello di NON distruggerlo del tutto permettendo alla Generalitat di Companys di sopravvivere, peggio, collaborandovi assieme.I nemici della rivoluzione vanno di certo spazzati via, ma per far ciò non è affatto necessario possedere il potere: è necessario possedere la forza”. Pero es que Guillamón dice exactamente lo mismo. Pero dice más, e intenta responder cómo se cayó en tal error, quién lo impulsó y quién quiso evitarlo. De ahí la diferenciación entre comités superiores y comités de barrio, entre ministros anarquistas y los anarquistas revolucionarios de Los Amigos de Durruti.

 

8. Los comités revolucionarios

En julio de 1936, la cuestión esencial no era la toma del poder (por una minoría de dirigentes anarquistas), sino la de coordinar, impulsar y profundizar la destrucción del Estado por los comités. Los comités revolucionarios de barriada (y algunos de los comités locales) no hacían o dejaban de hacer la revolución: eran la revolución social.

El papel de la CNT, como sindicato, quizás debería haberse reducido transitoriamente a la gestión de la economía, pero subordinándose y disolviéndose en la nueva organización que brotaba de los Comités de barrio, locales, de fábrica, de abastos, de defensa, etcétera. La incorporación masiva de los trabajadores, muchos de ellos ausentes hasta entonces del mundo organizado, creaba una nueva realidad. Y la realidad que la revolución había creado era distinta a la que existía antes del 19 de julio. Las antiguas organizaciones y partidos políticos quedaban, en la práctica, fuera de la nueva realidad social creada. El organismo revolucionario de los comités revolucionarios, generalizado a todos los niveles, debería haber representado a todo el proletariado revolucionario, sin las absurdas divisiones de unas siglas, que tenían sentido antes de la insurrección de julio, pero no después.

La CNT-FAI debería haber sido la levadura del nuevo organismo revolucionario, coordinador de los comités, desapareciendo en el propio proceso de fermentación revolucionaria (al mismo tiempo que se disolvían el resto de organizaciones y partidos).

Después de la insurrección victoriosa de los obreros y de la derrota del ejército, y con el acuartelamiento de las fuerzas de orden público, la destrucción del Estado dejó de ser una futurista utopía abstracta.

La destrucción del Estado por los comités revolucionarios era una tarea muy concreta y real, en la que esos comités asumían todas las tareas que el Estado desempeñaba antes de julio de 1936.

Pero tal reflexión (para nuestro buen taxidermista) quizás queda en otra galaxia.

9. ¿Qué lecciones pueden extraerse de la Guerra civil?:

a.- El Estado capitalista, tanto en su modalidad fascista como en su modalidad democrática, debe ser destruido. El proletariado no puede pactar con la burguesía republicana (o democrática) para derrotar a la burguesía fascista, porque ese pacto supone ya la derrota de la alternativa revolucionaria, y la renuncia al programa revolucionario del proletariado (y a los métodos de lucha que le son propios), para adoptar el programa de unidad antifascista con la burguesía democrática, en aras de ganar la guerra al fascismo.

b.- El programa revolucionario del proletariado pasa por la internacionalización de la revolución, la socialización de la economía, sentar las sólidas bases para la supresión del valor y del trabajo asalariado en un ámbito mundial, dirección de la guerra y de las milicias obreras por el proletariado, organización consejista y asamblearia de la sociedad y represión por el proletariado de las capas sociales burguesas y pequeño-burguesas, para aplastar la segura respuesta armada de la contrarrevolución. La principal conquista teórica de Los Amigos de Durruti afirmaba el carácter totalitario de la revolución proletaria. Totalitaria, esto es, total, porque ha de darse en todos los campos: social, económico, político, cultural…, y en todos los países, superando todas las fronteras nacionales, y era además represiva, porque se enfrentaba militarmente al enemigo de clase.

c.- La ausencia de una organización, vanguardia o plataforma, capaz de defender el programa histórico del proletariado, fue determinante, porque permitió e impulsó que todas las organizaciones obreras asumieran el programa burgués de unidad antifascista (unidad sagrada de la clase obrera con la burguesía democrática y republicana), con el objetivo único de ganar la guerra al fascismo. Las vanguardias revolucionarias que surgieron, lo hicieron tarde y mal, y fueron aplastadas en su intento, apenas esbozado, de presentar una alternativa revolucionaria, capaz de romper con la opción burguesa entre fascismo y antifascismo.

d.- El estalinismo fue una opción contrarrevolucionaria, que defendía el capitalismo de Estado y propugnaba la dictadura del partido estalinista sobre el proletariado. El anarquismo de Estado de los comités superiores libertarios fue una opción contrarrevolucionaria, porque defendía un capitalismo sindical y propugnaba el fortalecimiento del aparato de Estado, la unidad antifascista y el objetivo único de ganar la guerra, renunciando a la revolución.

e.- Los comités revolucionarios de barrio, en la ciudad de Barcelona, y diversos comités locales en el resto de Cataluña, fueron los potenciales órganos de poder de la clase obrera. Propugnaban la socialización de la economía y se opusieron a la militarización de las Milicias y al colaboracionismo con el gobierno y los partidos antifascistas. Estaban armados, eran el ejército de la revolución. Su principal limitación fue su incapacidad de organizarse y coordinarse al margen del aparato confederal. Los comités superiores ahogaron política y orgánicamente a los comités revolucionarios, que se convirtieron en sus peores enemigos y en el mayor obstáculo a su anhelada y necesaria integración en el aparato del Estado burgués, como meta final de su proceso de institucionalización.

Los comités revolucionarios no hacían o dejaban de hacer la revolución: eran la revolución social, porque su mera existencia y el cumplimiento de todas las tareas y funciones que el Estado había desempeñado antes de julio de 1936, les convertía en eficaces protagonistas de la destrucción del Estado.

f.- Durante la guerra civil, el proyecto político del anarquismo de Estado, constituido como partido antifascista, utilizando métodos de colaboración de clases y de participación gubernamental, organizado burocráticamente y con el objetivo principal de ganar la guerra al fascismo, fracasó estrepitosamente en todos los terrenos; pero el movimiento social del anarquismo revolucionario, organizado en comités revolucionarios de barrio, locales, de control obrero, de defensa, etcétera, constituyó los embriones de un poder obrero que alcanzó cotas de gestión económica, de iniciativas populares revolucionarias y de autonomía proletaria, que aún hoy iluminan y anuncian un futuro radicalmente diferente a la barbarie capitalista, el horror fascista o la esclavitud estalinista.

Y aunque ese anarquismo revolucionario sucumbió finalmente a la represión coordinada y cómplice del Estado, de los estalinistas y de los comités superiores, nos legó el ejemplo y el combate de algunas minorías, como Los Amigos de Durruti, las JJLL y determinados grupos anarquistas de la Federación Local de Barcelona, que nos permiten teorizar hoy sus experiencias, aprender de sus errores y reivindicar su lucha y su historia.

g.- La conciencia procede del ser. Sin una teorización de las experiencias históricas del proletariado no existiría teoría revolucionaria, ni avance teórico alguno, y, en todo caso, sería mucho más pobre, incompleta e ineficaz. Teoría colectiva, anónima, de clase, solidaria, callejera, popular, ateneísta, vivaz, profunda, plural, internacional e internacionalista, que sólo puede conseguirse como fruto maduro de un proceso histórico de preparación para la intervención en las próximas batallas de la guerra de clases en curso.

10. CONCLUSIONES

Podría decir más y mejor, pero ya es suficiente. Podría haberme limitado a enviar a nuestro crítico italiano las acusaciones e insultos recibidos por diferentes individuos excéntricos, o diversos grupos bordiguistas sectarios, que me “acusaban” de anarquista, como respuesta a sus “acusaciones” de que soy bordiguista (“El discurso del método” de Guillamón puede leerse aquí: http://kaosenlared.net/discurso-del-metodo/). Podría haberme quejado de la incoherencia y desatino de unos y de otros. Pero lo cierto es que tanto esos bordiguistas como esos ácratas comparten algo muy importante: un método de análisis sectario e idealista que les conduce hacia el abismo de la inutilidad, la incoherencia y la inoperancia: niegan la realidad y la historia.

Si la ideología choca con los hechos reales o históricos, su método idealista niega la realidad y los hechos históricos. Nunca se preguntan si su sagrada ideología es errónea o ha quedado obsoleta. Por otra parte, si los principios sólo sirven para renunciar a ellos ante las primeras dificultades que presenta la realidad y la historia, es mejor reconocer que se carece de principios.

Agustín Guillamón. Barcelona, 17 de abril

 

 

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